"A la hora del juicio seremos vistos exactamente como hemos sido, sin tapujos, sin pretextos, sin disimulos.
Jesús, el Justo Juez, nos juzgará por nuestras obras de amor al prójimo: lo que hicimos a los demás, es como si lo hubiésemos hecho al Señor.
Debemos amar a todos, porque todos son hijos de Dios, pero especialmente a los que Dios pone cerca de nosotros: nuestra familia, amigos, los que comparten nuestra misma fe: es caridad bien entendida.
El Señor nos da a cada uno un determinado número de "talentos" y de ellos debemos responder, son las oportunidades de poder y de saber servir sobre las cuales se nos juzgará". (Cuaderno 2-2, pág. 9)