"El trabajo es elemento esencial en nuestra santificación. El trabajo debe ser santificado para que nos santifique y santifique a los demás. Todo trabajo que sea digno, es magnífico instrumento de santificación. El perfecto equilibrio debe existir entre el trabajo, la vida familiar y la vida ascética, combinados en tal forma que se completen sin absorberse. Hasta la cosa más pequeña en nuestro trabajo ordinario debemos ejecutarla con presencia de Dios. El trabajo debe ser hecho siempre con alegría independientemente del resultado práctico". (Cuaderno 2-4, pág. 17)